miércoles, 20 de junio de 2007

Dichos populares 22

TENER MÁS CUENTO QUE CALLEJA:
De las personas cuya imaginación les lleva a fantasear la realidad de forma intencionada o no, suele decirse que “tienen más cuento que Calleja”. El origen de esta expresión alude a la figura de Don Saturnino Calleja y Fernández (1855-1915), fundador de la mítica Editorial que llevaba su primer apellido . A la temprana edad de 20 años, este burgalés afincado en Madrid fundó en la capital de España su célebre editorial, que se distinguió por la publicación de gran cantidad de libros de carácter pedagógico y recreativo. Calleja y Fernández fue conocido, sobre todo, por su ingente producción de cuentos infantiles. Entre los más conocidos figuran: “Las tres preguntas”, “Testigos con alas”, “El tesoro del Rey de Egipto”, “El anillo de Ginés” y “Chin-Pirri-Pi-Chin”.

TENER MUCHOS HUMOS O SUBIRSE LOS HUMOS A LA CABEZA:
Entre los romanos existía la costumbre de adornar el atrio de las viviendas con los bustos y retratos de toda su ascendencia, con el objeto de demostrar la extensión y la ranciedad de su linaje. Por efecto del humo y del paso del tiempo, los objetos decorativos iban adquiriendo una coloración oscura de la que los habitantes de la casa solían ufanarse, ya que cuanto más intensa era esa pátina de ranciedad, más crecía la respetabilidad de la familia, en base a la memoria de sus ancestros. Ese es el origen de la expresión “tener muchos humos” que hoy aplicamos análogamente para manifestar la fea actitud de quien actúa con engreimiento y presunción inmoderados. Derivada de la misma locución es la de “subirse los humos a la cabeza” y en el mismo sentido de arrogancia por el estatus económico o social adquirido por una familia o persona.

TENER NARICES:
La expresión “tener narices” tiene el sentido de indicar la valentía de una persona capaz de cometer, sin ningún titubeo, las empresas más arriesgadas. El origen de este modismo pudiera residir en el hecho de que cuando una persona toma la decisión de realizar un acto que supone una firme determinación, levanta la cabeza, con lo que la el organo olfativo queda en posición más prominente, de tal manera que se identifica la palabra “narices”, en compañía del verbo “tener”, con la voluntad de acometer una acción que entraña ciertos riesgos. Cuando la misma expresión de “tener narices” se utiliza en términos exclamativos y en tercera persona, denota asombro y sorpresa ante una acción determinada.

TENER PICARDÍA:
Se dice en el sentido de tener astucia y malicia y también actuar con engaños y burlas para obtener algún logro. Los eruditos señalan el verbo “picar” como origen del término “pícaro”, tan extendido en España durante los siglos XVI al XVIII. Término que adquiere singular relevancia en nuestra literatura de esas épocas con “Lazarillo de Tormes”, “Guzmán de Alfarache y el “Buscón”. De los protagonistas, pícaros, de tales obras literarias se decía que eran “pícaros de cocina”, por su aficción al acercamiento y disfrute de los fogones ajenos. “Tener picardía”, pues, deriva de la actuación astuta, trafullera y engañosa, de tales sujetos, y nada tiene que ver con el nombre de la región francesa del mismo nombre, la Picardía.

TENER VISTA DE LINCE:
A pesar de lo que pueda suponerse, esta expresión no alude a tan elegantes felinos, que están dotados de unas facultades ópticas notablemente desarrolladas. En realidad, la locución hace referencia a un personaje legendario llamado Linceo. Linceo era el hijo de Alfareo, rey de los mesenios. De él se decía que cuando estaba en su atalaya de Libia, era capaz de divisar cualquier flota de guerra que partiese de Cartago. Pero sus hazañas iban todavía más allá. Cuentan que era capaz de traspasar con la mirada todo tipo de objetos opacos.

TIRAR LA CASA POR LA VENTANA:
En el siglo 19, cuando alguien ganaba la Lotería Nacional de España se estilaba a que los amigos y familiares del afortunado fueran a su casa y, literalmente, arrojaran todas sus posesiones por la ventana. Esto en señal de la nueva vida de dicha persona.

TIRAR LOS TEJOS:
Se suele utilizar la frase “tirar los tejos” referida a la persona que se insinúa a otra intentando llamar su atención de alguna manera especial. El origen de esta expresión se remonta a los tiempos en los que se puso de moda un juego que consistía en el lanzamiento de un tejo con el objetivo de derribar un trozo o taco de madera colocado a cierta distancia. Alrededor de este espectáculo se reunían bastantes curiosos y los jugadores que no eran capaces de insinuarse directamente a la persona que les había llamado la atención, lanzaban el tejo a sus pies como manifiesto signo de interés.

TODO ES SEGÚN EL COLOR:
Esta popular locución suele emplearse en el idioma castellano para poner de manifiesto la relatividad de las contingencias de la vida. El origen de esta frase proverbial nace de la expresividad de un verso truncado extraído de un poema del poeta asturiano Ramón de Campoamor: "Al fin y al cabo, la de siempre. Todo es según el color del cristal con que se mira". En el léxico popular se acentúa con la expresión, más común, de que “nada es verdad ni es mentira, todo es según el color del cristal con que se mira”.

TOMAR POR EL PITO DEL SERENO:
Los que son bastante mayores aun recordarán, como si fuera nuestra prehistoria, la figura del sereno, personaje castizo en otro tiempo en los grandes pueblos y ciudades de España. Los serenos eran unos vigilantes nocturnos que ejercían en algunas ciudades españolas (desde el 1777 en Valencia y desde el 1797 en Madrid) hasta fechas no demasiado antiguas del pasado siglo. Sus tareas eran diversas: vocear las horas en punto y el tiempo meteorológico, abrir las puertas de los inmuebles a los vecinos que regresaban a su domicilio durante la alta noche y la madrugada y mantener el orden. Comoquiera que el estado de nuestro cielo era por lo general sereno (claro, sosegado, sin nubes, estrellado...) era éste el grito más común del vigilante, por lo que pasó a denominar su oficio. Con palmadas y al grito de “¡sereno!” (al que el sereno solía responder “¡ya va!” era como los vecinos requerían sus servicios. También era el encargado de mantener el orden y avisar a los bomberos en caso de incendio o a la policía en caso de robo u otros altercados. Para ello contaban con un pito o silbato. Muchos serenos eran tan estrictos con su cometido que no permitían voces o algarabías en la calle, y hacían sonar el pito con el menor motivo. De modo que los pitos de los serenos se podían oír demasiado frecuentemente durante toda la noche, y los policías no acudían a sus llamadas. Como la policía no acudía, los vecinos dejaron de hacerle caso. Y como no servía para nada hacerlo sonar, dejaron de utilizarlo. Los serenos estaban armados con un chuzo o vara coronada por una punta de clavo (a guisa de lanza) y que hacían repicar contra las rejas para disuadir a los alborotadores. De esta herramienta nos ha quedado una gráfica frase, “llover chuzos de punta”, con la que se describe una copiosa lluvia.

TONTO DE CAPIROTE:
Es una expresión burlesca referida a la persona muy necia e incapaz. Gonzalo Correas, en su “Vocabulario de refranes”, incluye la expresión “bobo de capirote”, alegando que los bobos de esta clase son llamados así porque es común ponerles un capirote por burla o escarnio. El capirote es un cucurucho de cartón cubierto de tela que llevaban en la cabeza los disciplinantes en las procesiones de cuaresma y continúan llevando actualmente los nazarenos que participan en las procesiones de Semana Santa. Miguel de Unamuno, en un artículo publicado en 1923, decía que tonto de capirote "es el que con un capirote o bonete puntiagudo hace de tonto en las fiestas. Es un tonto de alquiler y casi oficial". Covarrubias señala que la palabra capirote no se refiere sólo al que llevaban los disciplinantes y se pone a los bobos, sino que es una cobertura de la cabeza de muy diferentes tipos, y utilizada con frecuencia por los médicos, los colegiales y universitarios (referido al birrete). Así pues, tonto de capirote es tanto como decir tonto graduado y que puede llevar el distintivo o capirote de doctor. Con el nombre de capirote se designa también al que suele ponérsele en la cabeza a las aves de cetrería para mantenerlas quietas, antes de echarlas al vuelo.