miércoles, 20 de junio de 2007

Dichos populares 14

METER EN UN EMBOLADO:
El término “embolado” es sinónimo de “asunto negativo, difícil o complicado”. Originalmente el término “embolado” significaba literalmente ‘poner bolas de madera en los cuernos de los toros’, tal como sigue sucediendo en la interpretación particular de la fiesta taurina en Portugal. En este sentido se utiliza de forma figurada, ya que la acción “meter en un embolado” supone entrometerse en un peligro, en un inconveniente, ya que hay que acercarse al toro para conseguir inutilizar sus armas que son los cuernos. Relacionada con esta expresión es la de “coger o tomar al toro por los cuernos”, o, figuradamente, afrontar con decisión un asunto de problemática solución.

METER LA GAMBA:
El término “gamba” es sinónimo de 'pierna' y en el sentido en el que se utiliza la expresión “meter la gamba” equivale a la locución vulgar “meter la pata”. El término “gamba” está documentado en el argot de los maleantes de los siglos XVI y XVII y, posteriormente, en la obra de Salinas “El delincuente español. El lenguaje”, de 1896. Procede del término italiano gamba ('pierna') que lo toma del latín vulgar “camba” ('pierna, referida a la de la caballería'). Así la expresión meter la gamba es un sinónimo de meter la pata, con el significado de “equivocarse”, “errar” en un asunto.

METERSE EN CAMISA DE ONCE VARAS:
El significado de esta locución es inmiscuirse una persona en lo que no le importa. Es dicho tomado de la ceremonia de adopción tal y como se celebraba en Castilla en la Edad Media y que consistía en meter el adoptante la cabeza del adoptado por una manga muy ancha de su camisa y, sacándole por el cuello, le daba un beso tras lo cual este quedaba adoptado como hijo. Son numerosas las expresiones que aluden a esta costumbre como, "hijo ajeno", "meterlo por la manga y salirse por el seno" y "entrale por la manga y salirse os ha por el cabezón". Bastús, cuenta en "La sabiduría de las Naciones", serie 1ª, nº 89, que esta ceremonia la realizó Dª Sancha Velázquez para adoptar a Mudarra González, que sería posteriormente el vengador de sus hermanos los Siete Infantes de Lara. Respecto al significado actual del dicho, como inmiscuirse uno en lo que no le importa, quizás haya que buscarlo en la experiencia de que las adopciones a veces no salen como uno espera, por lo que sería mejor dejar las cosas como están.

METERSE EN UN LABERINTO:
Esta expresión popular indica estar en una situación comprometida o de difícil solución. Aplícase a las conductas imprudentes o a los discursos cuya evolución se va complicando a medida que avanzan. El laberinto ha sido, desde la Antigüedad, un símbolo del estado del hombre en el mundo. Elaborado como un juego, como un enigma o como una trampa, el laberinto ha ejercido una poderosa influencia sobre el ser humano. La invención del laberinto se atribuye a Dédalo, escultor y arquitecto y personaje mitológico, hijo de Alcipe y Eupálamo. Expulsado de Atenas por la acusación de haber asesinado a su sobrino, se estableció en Creta donde inventó diversos ingenios, tales como el autómata de Talos y muy especialmente el Laberinto, un conjunto de corredores y pasadizos subterráneos tan bien ensamblados y organizados que quien en el penetraba no podía salir.

MIRARSE EL OMBLIGO:
Según leemos en la página “1de 3”, “mirarse el ombligo es abandonarse a la autocomplacencia y al egocentrismo”. El origen de este modismo proviene de una antigua costumbre de la Iglesia cristiana primitiva ideada por los monjes hesicastas de la ortodoxa griega. Usando una técnica de rezos integrada con la respiración, los monjes acostumbraban a dejar caer la cabeza durante la meditación y por ello se les conocía como “omphalopsy cho” u "observadores del ombligo", pues algunos creían que el centro del alma humana se encontraba en el centro del cuerpo, en el ombligo, al que, por otra parte, otorgaban importancia como nexo de unión con la vida.

MONTAR UNA ESCENA:
La expresión “montar una escena”, evidentemente relacionada con la lexicografía teatral, significa ‘reaccionar ruidosamente ante una situación negativa, llamar la atención de los presentes mediante gritos, aspavientos y otras manifestaciones expresivas’ y en el mismo sentido se utiliza la locución “hacer un numerito”. La expresión tiene su origen en el mundo del teatro en el que se expresan habitualmente experiencias humanas y sentimientos personales para ser contemplados por el público. De igual manera, la reacción airada ante una situación que contraría a una persona delante de otros se considera análoga a una representación dramática.

MORDER EL POLVO:
Esta expresión, tan usada en las películas y novelas del salvaje Oeste tiene, sin embargo, un origen mucho más antiguo. Los caballeros de la Edad Media, cuando se sentían mortalmente heridos en una batalla o en el lance de un torneo, tomaban un puñado de tierra y lo mordían, como beso postrero de respeto y despedida a la madre Tierra, que los había sustentado y que ahora iba a recibirles en su seno. Este ritual dio lugar a la expresión “morder el polvo”, que equivale a humillarse, a darse por vencido.

MORIR DE AMOR:
Se habla corrientemente de las agonías del amor, y el tema inspíra óperas, best-sellers, tangos, boleros y culebrones. La idea de que el sentimiento amoroso está fatalmente asociado con el final de la existencia nos viene desde muy atrás como lo prueban las lenguas más antiguas. Del indoeuropeo (lengua madre del sánscrito, el griego y el latín) heredamos la raíz wen- que significa desear intensamente, querer, amar. De allí viene Venus, nombre de la diosa del amor, de donde salió venéreo, que antes se refería al amor físico y hoy sólo se aplica a ciertas enfermedades sexuales. Y también venerado, persona idolatrada. Pero los filtros de amor y los sufrimientos atroces propios de un amor no correspondido hicieron que de la misma raíz wen- derivase además una palabra terrible, veneno. Así surgió la alianza entre las palpitaciones del corazón y su interrupción definitiva. Amar y morir quedaron unidos, sobre todo entre los románticos y los adolescentes, tan amigos ambos de las expresiones tremendas. Cuando "morir de amor " no va más allá de una manera de hablar, la sustituye una frase bastante más prosaica: “ hay amores que matan”.

MUCHO RUIDO Y POCAS NUECES:
No es muy segura la procedencia de esta locución, aunque es sobradamente conocida en España una anécdota que podría explicar el origen del dicho. Según relato del conde de Clonard, en 1597 las tropas españolas tomaron la ciudad francesa de Amiens, merced a una treta urdida por el capitán Hernán Tello de Portocarrero, que vistió de labradores a dieciséis de sus soldados que hablaban muy bien el francés. Estos hombres penetraron en la ciudad provistos de sacos de nueces, cestos de manzanas y un carro de heno. Apenas entraron en la ciudad, uno de los soldados dejó caer voluntariamente uno de los sacos de nueces, lo que movió a los soldados franceses a recogerlas del suelo. Esta situación permitió a los españoles que sacaran sus armas de la carreta de heno y así consiguieron reducir a las tropas locales, permitiendo el asalto de una columna invasora. Posteriormente, los franceses recobraron la plaza, pero la astucia de la estratagema habría dado origen al dicho “ser más el ruido que las nueces”. Con el correr del tiempo, la frase pasó a formar parte del léxico popular, como manifestación de exagerada demostración de un hecho que no tiene tanta trascendencia.

MÚSICA CELESTIAL:
Desde la más remota antigüedad ha sido muy debatido el tema de la existencia o no, de tres clases de música: la instrumental, conocida por todos; la música humana, que reflejaría la armonía entre el cuerpo y el espíritu y la música celestial o mundana, también llamada "música de las esferas", considerada inaudible para los sentidos, pero que está determinada por la velocidad y distancia de los astros. Incluso, se llegó a afirmar que las siete notas de la escala musical se correspondían con los siete planetas del sistema Solar, mientras que las doce consonancias o series de acordes equivalían a los doce signos del Zodíaco. Para algunos, hasta se volvió motivo de preocupación averiguar si en el Cielo se cantaría esa música. Todas estas quiméricas conjeturas acabaron por dar origen a la expresión “esto me suena a música celestial”, que con el correr del tiempo se aplicó para desdeñar -por vanas e inútiles- aquellas promesas que se hacen envueltas en palabras sonoras, vanas y engañosas.